De todo un poco, Reflexiones maternales, Ser mamá
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Mi primer hijo

 

Nunca les he contado, pero además de mis dos niños, tengo otro hijo. De hecho fue el primero. Con él me entrené en la responsabilidad de cuidar a un ser vivo. Por él lloré tres días seguidos una vez que se perdió. Con él corrí al doctor (veterinario) cuando se enfermaba. Por él, mi departamento de soltera se convirtió en un hogar al que tenía que regresar, pues había un ser vivo que esperaba mi llegada (y claro, que le diera de comer). Se llama Mio, y gracias a él conozco la fascinante vida gatuna. Pero un día (y para su mala suerte) tuve un bebé, y luego otro… y de ser el consentido, pasó a ser el juguete de mis niños. Al final, me parece que no le disgusta nada que alguien le haya puesto atención otra vez desde que lo desplazaron de su trono de “rey de la casa”.
Una mascota es un elemento importante en la vida de una persona. Como bien dicen aquí, no sólo es un animal de compañía; también es un amuleto de buena suerte. Esto se puede ver de muchas maneras, pero me parece que básicamente se refiere a lo sano que puede ser el desarrollo emocional que uno logra al llevar una relación con un animal doméstico. Inclusive existen terapias curativas que están basadas en el efecto positivo de ese tipo de vínculo afectivo. He de confesar que antes de Mio tuve mascotas con las que nunca logré tal rapport. Quizás sea un asunto de “química”, como la que se da entre humanos.

 

También dicen que los gatos escogen a su dueño. A lo mejor eso pasó, que para los animales anteriores no estaba yo en su destino como dueña. Sea por la razón que fuere, este gato sí que me hizo entender el idilio que tantas personas tienen con sus mascotas.

 

A él le escribí este texto hace ya casi siete años…

 

El que tenga una sola vida, que la cuide

(Publicado para La Última y nos vamos, Revista Dónde Ir, Agosto 2009)

Ya una vez se había caído de la ventana, desde el tercer piso de un edificio de los años 30 en la colonia Condesa. Si bien Mio había sido un gato callejero, a juzgar por su estado en el momento de encontrarlo en el estacionamiento de un corporativo de Santa Fe, nunca había sido muy audaz.
Por eso, al regresar de un viaje de tres semanas en el que estuvo mucho tiempo solo y comiendo de más, cuando salió a caminar por la repisa de la ventana, no pudo calcular sus nuevas dimensiones y se fue al vacío. En esa ocasión tuvo la fortuna de que todavía vivíamos en un departamento interior. La ventana de la cocina, desde la que se resbaló, daba al estacionamiento. Por eso no se hizo daño y no se perdió, porque el rebote en el cofre del auto de alguno de los vecinos amortigüó su caída; y porque Agus, el omnipresente portero, vio perfectamente dónde aterrizó y al encontrarnos en la escalera mientras yo bajaba despavorida, me dijo “¡Se cayó su gato!”. El susto aparte, no le pasó nada.
La anécdota real sucedió cuando dejamos de ser dos para vivir en trío. Abandonamos la colonia de moda, y mi novio, mi gato y yo nos mudamos a la Roma, a un cuarto piso de una construcción todavía más antigua y por lo tanto, de techos más altos. Yo vivía aterrada de que el que entonces era mi único hijo se acercara a las ventanas. Estaba convencida que un tropiezo desde esta altura ya no sería tan afortunado. Y como era de esperarse, porque a los gatos no hay cómo hacerlos entrar en razón, un día pasó. Cuando no lo encontramos dentro de la casa, yo no me atreví a bajar por miedo de verlo despedazado sobre la banqueta de la calle de Puebla. Y cuál ha sido nuestra sorpresa cuando reuní el valor de alcanzar a mi novio en la planta baja, que el gato había desaparecido. Nos dividimos para buscarlo.
– “Tú hacia la derecha y sobre Flora, yo me voy hacia la izquierda y reviso Frontera”.
Nos encontramos sobre Avenida Chapultepec, los dos con una mirada entre triste y desconcertada por no entender cómo Mio pudo desvanecerse de esa manera. Al día siguiente salí a pegar carteles con su foto y una leyenda de “Estoy perdido” en los alrededores, y de pronto caí en cuenta de que lo que hacía resultaba muy absurdo. El gato podría estar en cualquier parte de esta inmensa ciudad.
Los habitantes de la Roma tenemos fama de ser “gateros”. Quizás una de las muchas viejitas que vivían en esas casas art decó de en frente había decidido curarlo y quedárselo. O tal vez alguien vio el momento en el que cayó y se había enamorado de su indefensa belleza, subiéndolo a un coche para llevarlo a convalecer a una enorme casa de Lindavista. Nunca lo encontraríamos.
Lloré 3 días seguidos. Estaba convencida de que mi gato había caído en uno de esos de hoyos negros y que estaba viviendo en otra dimensión o época. Era la única explicación.
A las ocho de la mañana de un domingo sonó el teléfono. Mi novio y yo nos volteamos a ver adormilados y esperanzados; debía ser la llamada que añorábamos. Era el “poli” del edificio de al lado. Mio llevaba tres noches sin dejar dormir a los condóminos del edificio, maullando para que alguien lo regresara a su casa. Estaba bien, sólo un poco espantado y tenía roto un huesito de la pata delantera que, como dijo el veterinario que sucedería, se le soldó solo.

 

Desde ese episodio, cada que veo un letrero que anuncia que alguien busca su mascota, se me rompe el corazón. Mio ya gastó al menos tres de sus siete vidas, quién sabe cuántas le queden, pero el que tenga una sola vida, que la cuide. Él todavía se puede dar el lujo de perder un par más al menos.

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