Reflexiones maternales
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Lo que hay en un nombre

Publicado en Todobebé

Existí como indocumentada en mi propio país casi hasta el año de edad: mis padres tardaron varios meses en llevarme a presentar ante Registro Civil. No fue mala voluntad, era solo que no encontraban el nombre ideal para mí. Hay que reconocerles que pusieron tiempo y empeño en dicha tarea. Buscaron las referencias más originales y emotivas, y revisaron todas las opciones: desde un clásico y elegante María (a secas) hasta un exótico Irasema (en honor de una actriz mexicana de la cual al día de hoy no sé nada), pasando por un sofisticadísimo Selma, como homenaje a la primera mujer acreedora al Premio Nobel de Literatura, la escritora sueca de apellido Lagerlöf. Terminaron por llamarme Adriana en referencia a aquel mar largo y estrecho, atrapado entre Italia y la Península Balcánica, que encandiló a mi madre cuando lo conoció estando embarazada de mí.

Me pusieron también un middle name, mismo que siempre he repudiado por sentir que no tiene nada que ver conmigo y que todas y cada una de las veces, vuelve más engorroso aún el llenado de formas y documentos oficiales. Otra vez, lo hicieron con la mejor intención: sería “optativo”, en caso de que el primero no me gustara. Pero fue el de repuesto el que siempre me resultó superfluo.

Crecí lamentando que no me hubieran llamado Alicia, como mi madre. Ese honor lo ganó mi hermana mayor, por el simple hecho de haber nacido 18 meses antes que yo. A mi parecer infantil y romántico, ese era el nombre perfecto. No solo era dulce y corto: también era muy original. Nunca me topé con ninguna Alicia en la escuela, pero sí había un par de Adrianas. Mi único consuelo era que no me hubieran puesto Alejandra. No es que tenga nada contra ese apelativo, pero en mi generación había tantas que era imposible referirse a una de ellas sin mencionar también su nombre de familia, lo cual me parecía muy poco personal y bastante frío. Ya en la adolescencia agradecí no llamarme como mi madre. Le di mucho valor a tener algo que fuera solo mío. Más adelante logré tomarle simpatía real a mi nombre, aunque de todos modos desde los trece años llevo un mote que de pronto es más famoso que los sustantivos propios que preceden a mis apellidos en todas mis identificaciones.

Quizás por todo lo anterior, cuando tuve que elegir nombre para mis hijos mis criterios fueron: que no estuvieran de moda, que no existieran ya en algún miembro o conocido de la familia, y que me gustara el diminutivo, o que careciera de uno obvio. También me importó que se tratara de nombres en castellano, que no fueran demasiado comunes (por aquello de las duplicidad de identidades), y que se redujera a uno solo: si les gustaba siendo niños o no, era lo de menos. De todos modos en alguna etapa lo odiarían y más adelante terminarían por tomarle cariño, como lo hacemos todos, y me lo agradecerán mucho cuando tengan que realizar trámites. Su padre y yo caímos además en romanticismos del tipo “así se llamaba un personaje de una novela que leímos los dos durante nuestro noviazgo”, “lo han llevado hombres extraordinarios, aunque quizás no tan conocidos” y mentiría si no aceptara que (solo yo) también me dejé convencer por argumentos repetidos como: “sí, ponle así porque es de hombre guapo” o “todos aquellos que conozco son muy buenas personas”.

Entonces, si es que debo responder a lo que plantea el título de la columna, diría que lo que hay en un nombre es tan personal como el código genético de quien lo lleva. Habla de todo un bagaje familiar que indudablemente impactará de forma indescifrable al niño. De la recopilación de intereses, aspiraciones, traumas y experiencias de sus padres. De una buena cantidad de sueños y expectativas. De una manifestación de gustos, preferencias e interpretaciones culturales. Lo más fascinante es que, independientemente de lo que imaginen o esperen los progenitores, el niño imprimirá algo impredecible a esas letras. Por eso al final importa poco quién lo llevó antes, cómo suena o si es difícil de escribir. El nombre de tu bebé será solo suyo, porque él sabrá cómo volverlo único.

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Escribo, bloggeo, cocino, medito. Soy madre de dos hermosos niños. Me gustan las cosas bonitas.

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